
A mi Dios le pedí perdón por todas las veces que inútilmente llegué a importunarle, llorarle e implorarle en nombre de un amor que hoy no es nada. De ese corazón que te entregue sin condiciones y que, a pesar de un mar de suplicas, dejaste que muriera cruelmente. Noches de insomnio que hoy ya son fantasmas que a veces se transfiguran para perseguirme en mi soledad.
A mi Dios, le pido que me haga crecer en medio de las cenizas que tu bendito desprecio dejó.

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